
En Las Manos de la Diosa
En Vurezti la luna es amarilla y se desliza con patines de cometa. Al viajero lo encuentra al fondo del camino, lo alegra, lo persigue, en su danza se multiplica la sombra en lontananza y uno es muchos y todos, el desdoblamiento en ensamble y complemento, y la luz que nos guía se magnifica, es la luna sagrada, la dulce mirada de la diosa preñada, que cuando se acerca se seduce la tierra y deliramos, los fluidos se encienden y el aullido en la noche es pasión despertando los ensueños.
Él ya no estaba. Por primera vez viajaba sin su aliento enredado entre mis alas. Caminaba desnuda por pasillos de insípida tristeza, de un dolor inefable, antiguo, milenario, genético y humano. Había que deshabitarme de recuerdos, caminar adelante, avanzar en la luz, con la mirada gozosa de una diosa, y sin embargo cuánto llanto era el pago por ser libre, cuánta soledad, cuánto abandono, trece suicidios tentaron a mis manos, la incertidumbre me estaba devastando.
Había un designio, una misión que había de culminarse, había un destino, cambiante, la evolución, la conciencia diletante, el espíritu encendiéndose en la mente, activando el poder de los presentes, había un futuro dispuesto a figurarse, la eternidad, el infinito a punto de fraguarse.
Sobre una roca elipse me senté siete días hasta llorarme y ver crecer tres mil trescientos árboles. En sus curvas el sol se deletreaba, yo viajaba en sus poros minerales, se incineraba mi alma a la intemperie, se calcinaban los besos, los secretos, los orgasmos y las resurrecciones, tenía ira y odio y sobre la enorme piedra rodante boca arriba mi herida y yo extraviada, en retazo de historia contemplaba a la nada que se desintegraba.
El frío, caricia líquida de gélida cadencia, me recorría por dentro y yo sentía que me desvanecía.
Era añoranza, desesperanza, ese amargo dilema entre la dignidad, la pasión, la libertad, el amor y la codependencia, mas que obsesión, era una certeza aún no descubierta, pero sabía que había vocaciones, que a veces el camino podía compartirse, otras era viaje hacia adentro, que había evoluciones y enseñanzas, que los seres se unían para vivir el amor y la alegría, para resignificar el sentido de la vida.
Sin embargo había que sanar tanto.
Las infancias, los nuncas, los hubieras. Había que devolver los libros, las promesas, regresar la energía que no era nuestra, retomar el poder, aceptarse dignos de la magia, activar la voluntad, salir de la nostalgia, creer en el prodigio cada día.
Para entonces amar las existencias, los asaltos de cada maravilla, los encuentros de dioses que se anhelan, y encontrar el motivo que nos guía, ser honestos desde el pensamiento, no huir, y estar, sin miedo, y alcanzar la razón, amar al otro en la puerta del espejo y dejar que nos mire su grandeza.
FLAMAS DE AGUA
Caminé por el cielo y llegué a un huerto, flamas de agua alrededor del Hongo de Kusari2, bajo su sombra se sentía el verano en el gotear destilado de los techos reflejados en la nitidez del charco-lago-vidrio, un olor a manzana y a humedades de barro entre la lluvia. Entre helechos y musgos, el croar de los sapos, las cigarras, el gemir del murciélago en las cuevas y de pronto mis manos se fueron pigmentando, eran azules mis brazos, mis dedos, mi cuerpo, todo, mi cabello plateado, mi ropaje era terso, con la suavidad de un pétalo muy tierno, con diademas de plumas y tatuajes laterales en las piernas.
Salí de la escena y esa Ella en la cueva, esa mujer azul de otra Tierra, se sentó a mirar un mar desde una burbuja de cristal que puso entre sus piernas, y lloró y en silencio se vació en índigo llanto. Yo la que era Ella, también llovía de pena, las entrañas deshechas y la mirada ciega.
De sus lágrimas brotó el Lago de Katua, yo lloré hasta que se reventaron dos rosales en mis ojos, hasta que fui alma-sal evaporada.