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El Libro de Tabitá

Ellos, espíritus concientes de su inconsciencia, se descubrieron un día sin memoria, en un planeta a punto de extinguirse, con tantos dioses y nombres como pensamientos habían sido posibles. Saturados de creencias y mitos y miedos venenosos, exhaustos de existencia, con los cuerpos luminosos casi carcomidos se tendieron sobre la superficie congelada, y se dejaron morir hasta ser agua.

Pasaron milenios y la luz volvió a ser liberada de la boca sagrada de la diosa. Una mañana, un manantial de rezos, de células y engranes poblaron de novas y galaxias el vientre vacío del universo.

Se fecundaron planetas estructurándose formas de vida como números y días. Nació Gaia y con ella Sofía. La Tierra y la Sabiduría. Inmediatamente y de los vapores de ambas se formó Tabitá, la Conciencia de la Existencia.

En estado infinito la energía fue penetrando el silencio, la velocidad y la luz rasgaron la tiniebla. La distancia se contempló en el ojo de las eternidades. Cromáticos mandalas poblaron el espacio creándose así las dimensiones. 

Cada protón y átomo de vida, cada aliento insuflado en la poesía legitimaba su procedencia en una inteligencia divina.

Las criaturas eran sustancia luminosa, elegían sus densidades, su iridiscencia, su trayectoria, la duración de su danza en los espejos. Transmutaciones los hacían viajar y explorar el enigma del conocimiento, manifestaban sus deseos cuando la materia era habitada por sus sueños.

Las criaturas de Tabitá sembraron paraísos, midieron con sus ojos las constelaciones y le dieron poder a las estrellas, también pensaron todo lo pensado y por pensarse, lo manifestado y por manifestarse. Dicen que siempre hemos sido nosotros, ahora mismo en este siglo, y que la erosión ha distorsionado la memoria.

Ahora somos seres distintos a los que éramos hace apenas un instante, respirando para mantener la vida, pensando para creer que habitamos la existencia, en intento de nombrar el tiempo, de encontrar piel nueva debajo de la herida, seres temerosos de entregarse, de aceptarse, de amarse. Seres que no asumen su inmortalidad, los elíxires sagrados de la magia, el camino de luz a la conciencia.

De nada valdrá el tiempo ni el espacio ni el cuerpo si no acabamos de asumir las evoluciones, la estancia en la materia como el privilegio de gozar las sensaciones, el talento en el discernimiento y el instante en que nos reconocemos.  

El Libro de Tabitá es una bitácora donde se recogen los cantos que conforman una dimensión secreta. Es la transcripción de las imaginaciones en busca del milagro, el trance del alma que navega sus revelaciones, un poema creado desde el agradecimiento, la aventura que nace en una Estrella y sobrevuela el espíritu del cielo.


ARRANQUE

Al amanecer le pedí que me acompañara. Cerramos la cabaña. Me sudaban las manos, temblaban mis piernas y ya el corazón a punto de romperse. Él me abrazó y empezamos juntos el camino.

Por la noche había bebido un elixir. Las espirales del mar eran la fuente que emergía de mi frente y un poder infinito era el mandala vivo de mi vientre.

Una oleada de ondas circulares dibujadas, ordenaba, reformateaba, aceleraba el flujo de los neurotransmisores y el pulso se detuvo.

Había leído sobre la guerrera de cien cabezas, iconografía de la inteligencia multiplicada, nunca representada, pero manifestada en todos los presentes.

Nada se comparaba con lo que contemplaba el corazón a la intemperie.

PRIMERA ESTACIÓN

A Tabitá se llega de día, cuando despiertan las banderas por la caricia en la lengua de los vientos, cuando las palomas cruzan los jardines y las gaviotas picotean las velas del navío.